Un Quijote del México Esperpéntico

Por: Dervilia Martha Compañ Calzada

Hablar del padre, ¿cómo evitar emociones, memorias, sensaciones? Un hijo, ahora en la crianza de un nuevo individuo, regresa al tiempo y mira a través de un camino que se dibujó entre expectativas y consuelos. Las letras, los libros, la palabra fueron la herencia que recibí y que me llevan de la mano a su lado.

Ya se cumplieron dos años de su fallecimiento. El duelo afectivo sufre varios niveles, matices que toman forma con el paso de los días. Aún no se puede asegurar algún sentimiento claro, todo lo que a él refiere se entremezcla con el sueño, los recuerdos, las dudas.

Poco hay en la mente de toda la vida que hemos vivido, sólo son fragmentos, mínimos, lo que sobrevive y se expresa. Yo lo recuerdo en diferentes momentos, pero de manera curiosa, aparecen dos épocas; la de mi infancia y la de mi adustez. Un periodo en el que parece borroso y que la lejanía nos impide mirar hacia el fondo.

Vivo ahora donde él vivió, en la casa que tuvo mi familia y donde crecimos mi hermano y yo. Cada línea de este lugar tiene su voz. Cuando regresé aquí estaba lleno de cosas suyas, del polvo de los libros y de su habitación. Limpiar cada parte, recordar en cada ventana su gesto, lo hace permanecer en un lugar más allá de la memoria.

Mi padre fue escritor, fue maestro, él, hasta el último momento, dio una lección de vida que no fue posible entender cuando estaba entre nosotros. Todos quienes lo conocieron mantienen una certeza de su inteligencia y su peculiar personalidad. Fue un personaje labrado por lo cotidiano y se convirtió en una esencia quijotesca, cervantina.

Recuerdo un molino de latón con una caja de música, estaba en su biblioteca. La melodía que sonaba era “Sueño imposible”; cuando niña, me causaba una nostalgia incomprensible escucharla. Cuando él murió y volví a su casa, di la vuelta a las aspas de metal y escuché nuevamente una canción que ahora sabía qué significaba. Él era un Quijote de la Mancha.

Su pluma fue su espada, su bastón su rocinante, sus libros su escudo y yelmo. Caminó por sendas y se enfrentó también a gigantes. Abogado de profesión, buscó en el derecho y la filosofía una forma de liberar a quien fue Dulcinea: el pensamiento.

Usaba pluma fuente, la tinta de sus últimos días fue color sangre. Sucedió como en el trabajo de vida, al inicio la tinta era negra y se fue desvaneciendo, hasta pasar por los recuerdos y convertirse en sepia, para terminar en el esfuerzo del pulso: rojo.

Y la enfermedad lo consumió como lo hizo con el Quijote de la Mancha. Se mantenía en una especie de locura consciente, e igual que lo hizo Alonso Quijano, se rodeó de su familia y ellos esperaron nuevamente las narraciones y aventuras del ingenioso hidalgo que llegó al peso de la cama y la debilidad de la desesperanza.

La soledad fue su escudero. Luchó por un ideal que se mantiene a pesar de que el cuerpo se transformó en memoria. Ahora quedan sus escritos, sus palabras en los recuerdos; su voz en un eco. Leonardo Compañ Jasso es mi padre y mi maestro. Él me demostró que el pensamiento es libre con alas de oro y se eleva en la reflexión y el conocimiento. Que la dignidad del hombre radica en sus actos, el ethos: “la ética es estética” era su filosofía.

Conocía el esperpento, y al igual que Max Estrella del escritor Valle Inclán, parecía tener una ceguera ante los ojos comunes pero que a los que conocían el espíritu del poeta, sabían que podía mirar más allá de lo ordinario.

Este México esperpéntico tuvo la fortuna de encarnar a un ingenioso hidalgo, Don Leonardo, que está en cada línea de tinta, en cada libro, en cada letra y en palabras de los que tuvimos la oportunidad de ser sus alumnos, pues como él decía, alumno es el que carece de luz “a-lumno – sin luz” y el que guía al que se encuentra en la oscuridad es el “magister” el mago, Maestro. Fue la lección de un hombre que luchó por el ideal de un sueño que parece imposible: la libertad.

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